sábado, 9 de octubre de 2010

HACER DIVERTIDO LO HERÓICO

PensarPorLibre.blogspot.com

Escrito por Enrique Monasterio

En vista de que la gripe continúa y mi imaginación no está en su mejor momento, he buceado entre los viejos artículos que nunca salieron en "el globo" y he encontrado éste. Me parece muy oportuno, ya que acabamos de celebrar el 8º aniversario de la canonización Almudi.org - San Josemaría con D. Álvaro del Portillode San Josemaría.
        «Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él quien escribe»     


        (Así contaba San Josemaría, en una tertulia, la fundación del Opus Dei).
        Escribió Santa Teresa que «un santo triste es un triste santo». Quería decir con eso que santidad y tristeza son términos contradictorios. Hablando con rigor, no puede haber santos tristes. Los mártires no ponían cara de mártires cuando caminaban decididos a la muerte. Y los confesores de la fe, que sufrieron persecución por ser discípulos de Cristo, se consideraron siempre como cuenta el libro de los Hechos de los apóstoles «gozosos de haber sido dignos de ser ultrajados por su Nombre»
        En cambio sí que ha habido santos serios. Y, probablemente, también santos aburridos, sosos, adustos, e incluso que ellos me perdonen relativamente cargantes. Digo esto porque, como es bien sabido, la Gracia de Dios no destruye la naturaleza. Y la seriedad o la sosería son características naturales perfectamente compatibles con el amor a Dios.
        San Josemaría fue un santo alegre, como no podía ser de otro modo. Pero además su alegría fue «desbordante: serena, contagiosa, con gancho...» Así lo escribió él mismo en Surco, haciendo, sin pretenderlo, su propio retrato. Explica en ese punto cómo debe ser la alegría de un hombre o de una mujer de Dios; y concluye: «en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos».
        Ese desbordamiento de alegría caracterizó al fundador del Opus Dei durante toda su vida, y es lo que en castellano llamamos "buen humor". El diccionario de la Academia lo describe como "propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente"; pero probablemente sería necesario completar la definición añadiendo ese matiz que se recoge en el punto de Surco: el buen humor es, sobre todo, contagioso. Y es que hay personas que probablemente están muy contentas siempre, pero no contagian nada: tienen una alegría tan serena y profunda que, para encontrarla, habría que hacer excavaciones.
        Nunca olvidaré, por contraste, aquel verano de 1960 en que vi por primera vez a San Josemaría. Fue en Molinoviejo, una pequeña finca entre pinos a pocos kilómetros de Segovia. Antes de esa fecha, sólo conocía del Fundador de la Obra varias fotos en blanco y negro y Camino. También había oído contar algunas anécdotas bien expresivas, pero reconozco que me había hecho una idea equivocada de su personalidad. Pensaba que me encontraría con un hombre serio, grave y sentencioso. Tal vez imaginaba una mirada ausente, "espiritual". Pero aquella tarde, cuando se abrió la puerta del automóvil que lo traía desde Roma, vi salir a un sacerdote sonriente, lleno de vitalidad y de fuerza, rápido en sus movimientos, de mirada penetrante y amable, que derrochaba cordialidad en cada gesto y en cada frase.
        Estábamos en la casa un grupo de estudiantes de varias universidades españolas participando en un curso de formación. Todos pertenecíamos al Opus Dei, pero aún éramos muy jóvenes en la Obra.
        Tuvimos una tertulia en el jardín. Apiñados en torno al Padre se nos pasó el tiempo volando. San Josemaría nos habló de nuestra vocación, del estudio, de la labor apostólica que habíamos de realizar en la universidad, y, siempre, de amor de Dios, de oración, de lucha interior.
        A la vuelta de cuarenta y un años, puedo decir con absoluta seguridad que jamás me he sentido tan exigido: el proyecto de vida que nos presentaba aquel sacerdote era el más arduo que uno pudiera imaginar. No había concesiones a la mediocridad o a la tibieza. Cuando decía la palabra "santidad", hablaba en serio. Y también cuando pedía heroísmo en la entrega.
        Sin embargo si alguien hubiese presenciado de lejos aquella tertulia, probablemente habría pensado otra cosa, porque lo cierto es que nos lo pasamos en grande; reímos a carcajadas unas cuantas veces, y nos habríamos quedado un par de horas más con nuestro Padre sin sentir el paso del tiempo.
        Años más tarde una persona de la Obra que vivió con el Fundador al comienzo de los años cuarenta, cuando el Opus Dei era todavía muy pequeño, recordando los comienzos de la labor apostólica en distintos países de América y las dificultades de todo tipo que hubieron de superar, hizo una pausa en su narración y añadió:
        De todas formas no lo pasamos mal. Es más, lo pasamos muy bien. Tened en cuenta que nuestro Padre había recibido de Dios el carisma de hacer que hasta lo heroico resultara divertido.
        Me apunté la expresión en la agenda, y entendí entonces que el buen humor y el sentido del humor pueden ser también carisma, es decir, Gracia, don de Dios.
        San Josemaría correspondió a ese carisma heroicamente hasta el momento mismo de su marcha al Cielo. Nunca perdió el buen humor: ni en la enfermedad, ni en la persecución. Es más, quienes convivían con él sabían que, en los momentos duros, su sonrisa era aún más abierta y pegadiza.
        A sus hijos e hijas nos dijo en más de una ocasión:
        «Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor».
        Y nos pidió que fuésemos siempre «sembradores de paz y de alegría», porque nuestra misión repitió muchas veces «es hacer alegre y amable el camino de la santidad en el mundo»
        Ahora, al terminar de escribir estas líneas, echo una ojeada a la fotografía que tengo sobre la mesa: en Guatemala, un año antes de su marcha al Cielo, el Fundador de la Obra, de perfil, ríe sin contenerse, en una carcajada limpia, clara y contagiosa como la de un niño.

martes, 5 de octubre de 2010

Homilía de Mons. Rodolfo Quezada Toruño, arzobispo metropolitano de Guatemala. Roma, 9 de octubre de 2002

Alabado sea Jesucristo. Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesucristo, la profunda alegría que hemos compartido estos días en la Basílica de San Pedro, en la Plaza de San Pedro, en los templos, en las calles y las plazas de Roma, es ante todo y sobre todo alegría de la Iglesia, que se entusiasma al considerar la santidad de sus hijos. Participamos del gozo de la Iglesia por la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien Dios Nuestro Padre eligió como instrumento fidelísimo para que una multitud de almas escuchara la llamada a la santidad en la vida ordinaria.

La Iglesia nuestra Madre celebra la santidad de sus hijos, porque sabe que es gloria de Dios, por eso nos propone el ejemplo de los santos y nos anima a acudir a su intercesión para impulsarnos en el camino de la santidad cristiana, que es nuestra vocación divina.

Los verdaderos testigos de la fe son los santos, porque los santos con su vida hacen patente al mundo el gran misterio de Cristo y de la Iglesia. Los santos representan por ello «al vivo el mismo rostro de Cristo» (Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 7). Ciertamente la santidad es el querer de Dios para los hombres. “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”, escribía San Pablo (1Ts 4,3). Y es obra de Dios en la criatura libre: es un don, un regalo que requiere el compromiso y la respuesta de quien lo recibe. Pero este compromiso no afecta sólo a algunos pocos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor» (Cons. dogm. Lumen gentium, n. 40), proclamaba el Concilio Vaticano II, y, es que el Bautismo introduce a la persona humana en la misma santidad de Dios: la inserta en Cristo, el Espíritu Santo habita en ella y la conduce hacia la acogida y la respuesta libre, por amor, a la llamada de Jesús, como dijo El: « “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48) y este ideal de perfección no ha de ser malentendido -advierte el Papa-, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable únicamente por algunos "genios" de la santidad. (...) Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31).

En esta imponente Basílica romana de San Andrés, bajo la mirada del apóstol mártir, que condujo suavemente a su hermano Simón hasta Jesús, ¡con qué fuerza resuena aquí el mandato de Cristo!: “Duc in altum! ¡Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar!”(Lc 5,4).
El Santo Padre descubre en estas palabras del Maestro la clave para afrontar la misión cristiana al comienzo de este nuevo milenio. «Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Dios y echaron las redes. “Y puestos a la obra, leemos en el evangelio de Lucas: hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red” (Lc 5,6). Duc in altum!; estas palabras resuenan también hoy para nosotros y nos invitan a recordar con gratitud el pasado, a vivir con verdadera pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro porque “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”. (Heb 13,8)» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 1).
Duc in altum! ¡Rema mar adentro! San Josemaría predicó muchas veces estas palabras divinas y siempre actuales, con su característica vibración de sacerdote profundamente enamorado de Dios y de María; impulsaba a todos a adentrarse sin miedo por caminos de santidad y de apostolado y a responder así, con amor, a la vocación bautismal, a escuchar en el corazón la voz de Cristo, que se renueva -que nos renueva- en el pan de la Palabra, en el pan de la Eucaristía como le gustaba repetir a San Josemaría, en la Eucaristía y en la Escritura Santa. “Jesús dijo a Simón: no temas, desde ahora serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. (Lc 5,11).

El bien, mis queridos hermanos y hermanas en el Señor, si alguna convicción debemos sacar de estos días maravillosos que hemos vivido en la ciudad eterna, es que el verdadero evangelizador tiene que ser el santo, el hombre de las bienaventuranzas, y que antes de planificar pastoral tiene que vivir pronfundamente esta vocación universal a la santidad. La vida del santo Fundador del Opus Dei es una confirmación hermosísima de la virtud perenne del Evangelio, era un ejemplo transparente de plenitud de caridad. No olvidemos que Dios invita al hombre a aceptar la verdad y el bien, y actúa con su gracia para hacerle capaz de amar; y el hombre debe responder por amor, dócilmente, a todos los requerimientos divinos y vivir para la felicidad de todos y trabajar por Dios y descansar en Él. Así lo confirma la vida de San Josemaría, que fue una continua siembra de amor y de paz.

Como ustedes bien lo saben, dedicó todas sus energías, con una generosidad sin límites, al cumplimiento del encargo divino que el Señor le confió: hacer el Opus Dei, es decir, abrir un camino de santificación para cristianos de cualquier clase y circunstancia que deseen con todas sus fuerzas hacer presente a Cristo en los ambientes más variados, una gran movilización de cristianos que viven en medio del mundo dispuestos a aceptar el yugo suave de Cristo, la responsabilidad de ser fieles a la vocación cristiana, a esa vocación apostólica, a ese llamamiento a la entrega, al amor y al servicio; una entrega total que no admite mediocridades y una entrega confiada porque puede cualquier cristiano, en cualquier lugar, decir con San Pablo: “yo sé de quien me he fiado”.

Lo diré queridos hermanos y hermanas con palabras de San Josemaría: Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor, de todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión o su oficio. Esa vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor; todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro personal con Cristo vivo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde estemos- (sin ojalaterías, como decía San Josemaría) su misión divina. Cada situación humana es irrepetible, fruto de una vocación única que se debe vivir con intensidad, realizando en ella el espíritu de Cristo. Y así, viviendo cristianamente entre nuestros iguales, de una manera ordinaria pero coherente con nuestra fe, seremos, como decía San Josemaría: «Cristo presente entre los hombres» (cfr. Camino, n. 87; Es Cristo que pasa, nn. 116, 117-118).
San Josemaría, urgía y recalcaba con vigor, apasionado y sereno a la vez, que un cristiano corriente no puede desentenderse de los problemas, de las angustias y de las esperanzas de los hombres de su tiempo, pues si reaccionara así, traicionaría las exigencias más inmediatas del Evangelio mismo; y ésto no por táctica, o por mera imposición de los signos de los tiempos, sino por verdadera vocación divina: ahí donde haya un trabajo honrado apto para ser puesto a los pies de Dios, ahí debe haber un cristiano que plante la Cruz de Cristo en la entraña de su esfuerzo (Es Cristo que pasa, n. 105).

Transcurrieron los años y este mensaje, «viejo como el Evangelio y nuevo como el Evangelio» (Conversaciones, n. 24), fue solemnemente proclamado por el Concilio Vaticano II (Cons. dogm. Lumen gentium, nn. 31, 37, 39). Con un espíritu entrañablemente humano y sobrenaturalmente divino, San Josemaría enseñó a convertir la vida entera en oración y en servicio, por amor. Pasó por esta tierra cantando las maravillas de Dios, con un corazón enamorado que se traslucía en cada una de sus obras y de sus palabras. Estaba convencido -se notaba inmediatamente, y también por esto persuadía a quienes le escuchaban-, de que el mandamiento nuevo de Jesús hay que estrenarlo cada día, cada jornada, por el modo de comprender, de perdonar, de sonreír, de trabajar y de servir, en la familia, en la sociedad que entre todos construimos, entre los amigos y los compañeros, con quienes comparten los mismos ideales y con los que se sitúan enfrente por su distinta manera de pensar; con quienes viven de fe y con los que carecen de ella; con los indiferentes; con los que edifican sobre la paz y el respeto a la vida, y con los que la destruyen, encendiendo violencias, sembrando odios o promoviendo injusticias, y como decía San Josemaría, a todos debe llegar la caridad de Cristo, «ahogar el mal en abundancia de bien» (Surco, n. 864): esto, aprendemos de su vida.

Todas las encrucijadas de la historia humana, ahora y siempre, están necesitadas del fermento cristiano de la caridad. Miren a Jesús, escuchen atentamente su voz, y después dirijan la vista, con ojos de fe, a las realidades cotidianas en las que se desenvuelven sus vidas: la familia, el trabajo, la situación de sus pueblos centroamericanos, las leyes, las costumbres y los usos sociales que van configurando su convivencia. Estoy seguro, sentirán la urgencia de dar más, de entregarse sinceramente a la tarea de informar con el espíritu de Cristo sus pensamientos, sus palabras, sus deseos, su actuación pública y privada: en una palabra, todo, bajo el amparo del gran ejemplo que tienen quienes se santifican en el mundo en la vida ordinaria: del señor San José, Nuestro padre y señor.

El Fundador del Opus Dei enseñó a convertir la vida entera en oración. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, quien vive ya en la visión de Dios cara a cara, San Josemaría, nos recuerda de un modo particular que hemos de ser “contemplativos en medios del mundo”.

La vida sobrenatural que Dios nos ofrece es vida contemplativa: es «conocimiento y amor, oración y vida» (Es Cristo que pasa, n. 163). Conocimiento amoroso de Dios, trato íntimo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se ha de realizar en la oración y en la vida ordinaria: en los momentos dedicados exclusivamente al diálogo con Dios -imprescindibles como el horno del hogar donde se enciende el fuego del amor divino-, y en el trabajo profesional y en la vida familiar y social, transformando toda la existencia en “vida en Cristo” (Cfr. Gal 2,20), de cara a Dios y de cara a los hombres, con el afán de corredimir con Él. Decidámonos seriamente a ser almas de oración a cultivar el diálogo con Jesús y con el Padre y con el Espíritu Santo, en todas las horas de nuestra vida, solamente así podremos estar a la altura de lo que el Papa y la Iglesia nos pide, y de lo que el mundo nos exige. Ese mundo al que debemos amar como decía San Josemaría, apasionadamente.

«El gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza —ha escrito el Papa Juan Pablo II—, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo, puede resumirse en uno solo: hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión» (Carta apostólica, Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 43).

Por eso, esmerémonos en promover una unión afectiva y efectiva con el Romano Pontífice, con los Obispos, los sacerdotes y con todo el Pueblo santo de Dios. Ésta es sin duda una de las tareas de la Prelatura del Opus Dei: fortalecer la unión, la comunión de todos en la Iglesia, y extender esta comunión a todos los hombres. En un documento del año 1934 escribía el Fundador de la Obra: «Hemos de dar a Dios toda la gloria. Él lo quiere (...). Y por eso queremos nosotros que Cristo reine (...). Y exigencia de su gloria y de su reinado es que todos, con Pedro, vayan a Jesús por María» Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam (Instrucción, 19-III-1934, nn. 36-37. Texto citado en el Discurso de Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, 18-V-1992).

Queridos hermanos: una inmensa y variada multitud de mujeres y hombres ofrecen estos días su trabajo convertido en oración y sus plegarias en agradecimiento por la vida santa del Fundador del Opus Dei, no solo los que estamos aquí, y quienes tuvimos la gran gracia de participar en la canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, sino también de todas aquellas personas que no pudieron venir por una u otra razón. En los cinco continentes: en pequeñas aldeas aisladas en las serranías de los Andes y en las pobladas islas del Japón; en las frías ciudades de Escandinavia y en las cálidas llanuras de Sudáfrica; y en Europa y Oceanía... y en tantos lugares del istmo centroamericano, ese istmo centroamericano llamado a unir, el puente de América, ese istmo centroamericano y panameño que tanto queremos y que en tantos lugares, en las riberas de los lagos y en las faldas de los volcanes guatemaltecos, en las orillas de los dos océanos, en Panamá, en los pueblos "ticos" que cultivan las virtudes cívicas y en las poblaciones "nicas", abundante en poetas, en ciudades salvadoreñas donde se trabaja con empeño y en los poblados y en los bosques embellecidos por la bondad del alma hondureña.

Agradezcamos ciertamente a Dios Nuestro Padre, a la Divina Providencia estas jornadas memorables que nos ha permitido el Señor vivir en Roma, junto al Santo Padre, con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vivamos en una continua acción de gracias los tres meses finales del centenario de su nacimiento, que culminará el 9 de enero del próximo año, día también del cumpleaños de mi señora madre…quienes me conocen de cerca, dirán: otra vez Rodolfo, genio y figura hasta la sepultura.

Meditemos por eso con espíritu de oración su vida y sus escritos: nos impulsarán ciertamente a querer más a Dios y a todas las almas. Con fe y con humildad, acudamos al Sacramento de la Penitencia donde nos encontramos con Jesús que perdona; vayamos con dolor de amor, con fe renovada, con la frecuencia conveniente.

Busquemos sobre todo la intercesión de San Josemaría Escrivá para que nos facilite la conversión, el reencuentro con Cristo Jesús y con su gracia y, saben, lo más hermoso: sea en la invocación del Rosario, de Nuestra Señora de la Paz en san Miguel o la Virgencita de Suyapa en Honduras o la Virgen de la Inmaculada Concepción en Nicaragua, o en Costa Rica, Nuestra Señora de Cartago, o Santa María la Antigua de Panamá, en este camino de santidad, tengamos la certeza que nos acompaña siempre la Santísima Virgen María a la que el Papa ha confiado el tercer milenio, Estrella de la nueva evangelización, Aurora Luminosa y guía segura de nuestro camino; y hagámoslo también con un mínimo de inteligencia y conocimiento de la historia de la Iglesia en los dos mil años, porque la historia misma nos enseña a lo largo de dos mil años que no ha habido un profundo enamorado de Jesús, ¡que al mismo tiempo no haya sido un profundo enamorado de María, y cuando alguien ha dicho que es profundamente enamorado de Jesús y no de María, o crea el cisma o crea una herejía, por eso la devoción a María debe ser algo así como el sello que nos permite que estamos en esta Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, y yo digo a veces, también Romana. María es por eso, nuestra confianza, a Ella, a Ella, la Madre de Jesús y la Madre nuestra, acudimos a Ella siguiendo el ejemplo de un sacerdote santo profundamente enamorado de Dios y de María, la Madre de Jesús y Madre nuestra; que nos enseñe a quererla como la quiso y la quiere San Josemaría Escrivá. Ayúdanos por eso a seguir su consejo: "si quieres ser fiel, sé muy mariano". Alabado sea Jesucristo, hoy y siempre. Amén.


tomado de www.josemaríaescriva.info